LA NUEVA OLA DE FASCISMO DE HOY Y LA GUERRA A LA QUE LLEVA AL MUNDO

Por Rodulfo H. Pérez H.

 

Durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI, la humanidad ha estado sometida a un proceso creciente de explotación y superexplotación —en términos de Ruy Marini— de la fuerza de trabajo y de los recursos de los pueblos, derivado de la necesidad permanente de ampliar la acumulación en términos de lucro y de ganancia. Esta dinámica ha generado, simultáneamente, importantes movimientos de resistencia, populares y revolucionarios, los cuales han alcanzado suficiente fuerza política y social para desafiar, contener e incluso derrotar políticas de Estados que han actuado en función de los intereses del capital dominante.

Esta realidad no puede ser comprendida a partir de sus manifestaciones inmediatas ni mediante la acumulación de datos empíricos. Las ciencias sociales y los procesos históricos deben abordarse elevando el análisis hacia categorías y abstracciones con capacidad de develar la estructura de perspectivas y visiones encubridoras de las relaciones económicas, políticas y geopolíticas que caracterizan las relaciones sociohistóricas bajo la lógica de la explotación en general y, específicamente, de esta etapa del desarrollo capitalista. Dicha categoría es el imperialismo, estudiado inicialmente de manera sistemática por Vladimir Ilich Lenin.

El concepto de imperialismo permite comprender que la dominación capitalista no se desarrolla exclusivamente dentro de las fronteras de cada Estado. La acumulación se encuentra vinculada al control de mercados, territorios, recursos naturales, fuentes de energía, tecnologías y rutas comerciales, así como a relaciones financieras y a una división internacional del trabajo que reproduce desigualdades entre países y regiones. Esta dinámica ha venido trascendiendo los límites nacionales y las ideas de los Estados para no solo ubicarse en un plano superior —donde quedan subsumidas todas las relaciones socioeconómicas del orbe en un continuo y permanente desarrollo que solo responde a sus propios intereses—, bajo un desconocimiento absoluto de cualquier lealtad ideológica, y con el fin ulterior de captar todo el tiempo, el espacio y las relaciones de la sociedad humana para llevar hasta las últimas consecuencias la explotación.

La apariencia de las relaciones sociales, producida en buena medida por la enorme maquinaria ideológica y propagandística desplegada por el capital financiero, puede conducir a la interpretación de que nos encontramos ante una época caracterizada por la pasividad de los pueblos y la imposición prácticamente absoluta de la voluntad de las clases dominantes. Desde esa perspectiva, el capital financiero aparece como una fuerza omnipotente, capaz de determinar unilateralmente el curso de la historia y de pretender decretar reiteradamente su fin.

 

La fuerza histórica de lucha de los pueblos

Una lectura materialista, critica e insurgente de la historia revela una realidad diferente. El siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI han sido períodos de intensa lucha de los pueblos y, particularmente, de los trabajadores y las trabajadoras. Las clases populares se han enfrentado de manera permanente a la explotación, al despojo, al saqueo de los recursos y a las distintas formas de subordinación económica y política impuestas por las estructuras dominantes del capitalismo mundial.

Estas luchas han constituido fuerzas históricas capaces de contener las pretensiones expansivas del capital; obligarlo a modificar sus estrategias y realizar concesiones; establecer pactos y producir profundas reorganizaciones de las relaciones de poder para ganar tiempo, mantener la contrainsurgencia y lograr acumulaciones de fuerza que le permitan acelerar el despliegue del capital. Por ello, la historia del período de hegemonía del capital financiero es la continuidad de la confrontación entre capital y trabajo, ahora en condiciones de monopolismo y bajo la lógica del chantaje económico, político e ideológico a los pueblos del mundo y a los Estados que expresen posiciones de soberanía, muy especialmente con la herramienta de la agresión militar a quienes se nieguen a doblegarse. En ese proceso hemos tenido heroicas victorias, y también hemos conocido trágicas derrotas.

El desarrollo histórico encierra la ineludible circunstancia de enfrentar las contradicciones de los fenómenos sociales; una dinámica de la cual el capital financiero no puede escapar por más poder que acumule. Su desarrollo es producto de sus propias contradicciones internas, pues la lógica de la acumulación ampliada lo empuja a una competencia constante entre capitales por el control de mercados, recursos y territorios. En momentos de crisis, las alianzas se fracturan y la rivalidad adopta formas más agresivas, dirigidas no solo contra los pueblos y la clase trabajadora, sino también contra otras facciones del propio capital. Al no poder resolverse estas contradicciones en el mercado, se trasladan al terreno de los Estados y sus aparatos de guerra.

La contradicción fundamental entre capital y trabajo convive, por tanto, con contradicciones entre diferentes facciones del capital: industrial, comercial, bancario y financiero, así como entre distintos grupos financieros y entre los Estados que expresan, aunque de manera mediada y contradictoria, sus intereses. La aceleración de la acumulación, particularmente bajo el predominio del capital financiero, conduce recurrentemente a crisis. A cada crisis sucede un nuevo nivel de concentración y centralización, acompañado por una reorganización de las relaciones entre capitales, Estados y territorios. Cuando estas contradicciones económicas alcanzan determinados niveles de agudización, pueden trasladarse al terreno no solamente político, sino militar.

Esta multiplicidad de contradicciones no es exclusiva del imperialismo. Forma parte de la propia dinámica del capitalismo. Lo específico de la etapa imperialista es la dimensión que alcanzan la concentración y centralización del capital, el predominio de los monopolios y la articulación entre las estructuras económicas, financieras y estatales a escala mundial.

El siglo XX: Imperialismo, guerra y revolución

Esta relación entre acumulación, competencia interimperialista y guerra permite comprender buena parte de la historia del siglo XX. Durante las primeras décadas de ese siglo, la concentración del capital, la expansión de los monopolios y la disputa por mercados, materias primas y territorios contribuyeron a crear las condiciones que desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Los Estados actuaron como instrumentos de las clases dominantes y de los intereses económicos asentados en sus territorios, aunque la relación entre Estado y capital nunca puede reducirse a una identidad absoluta. El Estado posee una autonomía relativa y cumple funciones generales de organización de la sociedad, pero se encuentra atravesado por las relaciones de clase.

La Primera Guerra Mundial estalló cuando la coexistencia entre capitales resultaba insostenible. Los bloques consolidados articulaban sus centros industriales con colonias abastecedoras de materias primas mediante dinámicas comerciales y financieras que bloqueaban la penetración de nuevos capitales. Esta imposibilidad de asimilación derivó en una masiva destrucción y en la reestructuración de la división internacional del trabajo. El pueblo y la clase trabajadora fueron empujados a combatir, morir y padecer profundos traumas físicos y subjetivos en una contienda ajena a sus intereses. No obstante, el conflicto intensificó las contradicciones internas de las potencias involucradas, creando el terreno fértil para una histórica oleada revolucionaria.

La Revolución bolchevique fue quizás la mayor demostración de que cada pretensión del capital financiero produce una gran tragedia, pero también es respondida por una ola revolucionaria. La humanidad, el pueblo y los trabajadores y trabajadoras conocieron la experiencia de ejercer el poder en 1871 con la Comuna de París; sin embargo, fue en 1917 cuando se logró disolver el Imperio ruso. Armados con una teoría revolucionaria, una poderosa organización y la verdad histórica sintetizada en la consigna de la paz, el pueblo y la clase trabajadora lograron conquistar el poder y comenzar a construir una sociedad que se planteaba superar las relaciones capitalistas.

La guerra provocó asimismo el colapso de otros tres grandes imperios: el alemán, el austrohúngaro y el otomano. Simultáneamente, emergieron decisivos procesos revolucionarios en Europa. La Revolución espartaquista, la República Soviética de Baviera y el Bienio Rosso italiano evidenciaron la hondura de la crisis social y política legada por la contienda. No obstante, tras su derrota y la imposibilidad de consolidar el poder, las burguesías lograron reorganizarse y preservar su dominación mediante concesiones estratégicas. En este escenario cobraron fuerzas corrientes reaccionarias que instrumentaron el nacionalismo, el anticomunismo y el autoritarismo para sofocar el peligro revolucionario y capitalizar la miseria imperante. La acentuada depauperación de la clase trabajadora y de los sectores populares sirvió, así como insumo para demagógicas promesas de redención social.

El fascismo, el nazismo y el franquismo emergieron en sociedades sacudidas por agudas crisis económicas y políticas, marcadas por la confrontación de proyectos sociales antagónicos. Surgieron, fundamentalmente, en pueblos empobrecidos por la voracidad de sus élites, los estragos de la guerra y la derrota de las alternativas populares. Su función histórica trasciende la sola presencia de liderazgos autoritarios: el fascismo y el nazismo representaron la respuesta contrarrevolucionaria de las clases dominantes ante la crisis del orden capitalista y el ascenso de las organizaciones obreras.

La Segunda Guerra Mundial tuvo múltiples dimensiones, pero fue la reedición de las contradicciones no resueltas dentro de la lógica de acumulación monopólica. Otra vez, una confrontación por territorios y recursos; una lucha entre Estados que asumieron la representación de los capitales financieros existentes en esos países y, simultáneamente, una confrontación que ahora agregaba un nuevo elemento: la URSS.

La resistencia y el heroísmo del pueblo soviético, junto con la firmeza política e ideológica de su dirección, fueron factores decisivos en la derrota militar del nazismo, en articulación con las resistencias populares que se levantaron contra el autoritarismo en Europa. La victoria sobre el Tercer Reich transformó radicalmente la correlación de fuerzas a escala mundial.

La bandera roja sobre el Reichstag en 1945 simbolizó una derrota histórica del fascismo y, al mismo tiempo, la emergencia de una nueva estructuración del poder a nivel planetario que se tradujo en un nuevo orden internacional. La Unión Soviética apareció como una potencia mundial y comenzó a desarrollarse el llamado campo socialista. No puede obviarse que esa bandera roja clavada en el corazón de la capital alemana significó también la respuesta simbólica a la felona actitud de la burguesía occidental, contemplativa de los desmanes nazi-fascistas en sus años primigenios contra los movimientos proletarios, los sindicatos, la intelectualidad, grupos étnicos y, fundamentalmente, contra los y las comunistas. Luego, a partir de 1941, con la Operación Barbarroja, esa actitud contemplativa pasó a ser la esperanza de que los nazis hicieran lo que ellos no habían logrado: acabar con la URSS. Las élites norteamericanas, británicas y francesas no dejaron de manifestar su complacencia de negociar una posguerra preferiblemente con el nazi-fascismo que con los soviéticos.

A esta transformación se sumó el auge de las luchas anticoloniales en Asia y África, donde los pueblos cuestionaron con determinación creciente las estructuras coloniales y neocoloniales. La posguerra estuvo signada por una nueva correlación de fuerzas en la que el capitalismo debió confrontar en paralelo la consolidación del bloque socialista, la efervescencia de los movimientos obreros occidentales y los procesos de liberación nacional, lo cual puso de manifiesto la fragilidad con la que el sistema emergió del conflicto bélico.

La alternativa socialista y la reconfiguración del capital occidental

Por primera vez en la historia moderna, los trabajadores disponían de Estados organizados bajo una estructura económica y política que afirmaba construir una alternativa al capitalismo. La existencia de la URSS y del campo socialista obligó al capitalismo occidental a modificar sus estrategias, a reagruparse y a resistir. La confrontación se trasladó a todos los terrenos: económico, político, ideológico, científico, tecnológico y militar. La ciencia adquirió un papel fundamental dentro de la estructura de poder de los Estados, quedando su producción crecientemente vinculada a la industria militar.

La denominada carrera armamentista reflejó esta estrecha articulación entre economía, ciencia, tecnología e industria militar. El lanzamiento del Sputnik en 1957 representó un hito estratégico al demostrar la capacidad soviética de colocar un objeto en órbita y evidenciar su desarrollo tecnológico para alterar el equilibrio geopolítico global. Ahí donde fue puesto el Sputnik, el poder soviético podía ahora emplazar un proyectil nuclear, trasladando el escenario de la guerra por primera vez al propio territorio estadounidense.

Sostener dicha confrontación demandaba un ingente volumen de recursos financieros. La URSS consolidó un esquema económico fundamentado en la planificación quinquenal y el estricto control estatal de la producción, enfocado en la industria pesada, el desarrollo científico-tecnológico y la soberanía energética, tanto fósil como eléctrica. Estados Unidos, por su lado, configuró un capitalismo regulado por la intervención estatal y fuertemente permeado por la doctrina keynesiana. La vulnerabilidad del sistema capitalista en la posguerra fue de tal magnitud que el propio capital financiero aceptó la imposición de regulaciones y el rol rector del Estado.

El incremento del empleo, de los salarios y del consumo facilitó la articulación de mecanismos de contención social. El denominado Estado de bienestar no constituyó una mera respuesta técnica a la devastación de la posguerra, ni un gesto de equidad de las élites ni una concesión graciosa del capital. Fue, ante todo, el fruto del combate popular de la clase trabajadora en Europa occidental, de las gestas de liberación nacional contra el expolio colonial y de la presencia disuasiva de un bloque socialista global. Como resultado de esa correlación de fuerzas instaurada en 1945, se ensancharon los derechos laborales, la seguridad social, la educación pública y las estructuras de protección social.

Simultáneamente, se articularon dispositivos para garantizar la acumulación del capital financiero y la hegemonía global de Occidente bajo el liderazgo de Estados Unidos. La arquitectura financiera institucionalizada en Bretton Woods erigió al dólar como eje del sistema monetario internacional, consolidando la supremacía económica de Washington. Este proceso arrancó con la retención del oro occidental: primero, bajo el pretexto de resguardarlo frente al avance nazi; después, como botín derivado de la intervención bélica. En última instancia, el cobro no obedecía a la «liberación» de Europa occidental del nazi-fascismo, sino a la contención del avance soviético hacia París. Ello explica tanto la postergación del desembarco en Normandía como la precipitación de Eisenhower, Patton, Bradley y Montgomery por acelerar el avance aliado frente al decidido empuje del mariscal Gueorgui Zhúkov sobre Berlín.

Emerge el concepto Occidente

La confrontación de Estados Unidos y Europa occidental contra la Unión Soviética forjó el concepto contemporáneo de Occidente, noción hoy sometida a una profunda reestructuración. Dicha arquitectura encontró en la OTAN su brazo ejecutor y su concreción material, erigida en máquina de guerra del capital financiero contra la soberanía de los pueblos y, de manera prioritaria, contra el bloque socialista. Por su parte, los sectores más progresistas promovieron, inmediatamente tras la contienda, la fundación de las Naciones Unidas, articulando un marco jurídico internacional para normar las relaciones interestatales. No obstante, lejos de erradicar las asimetrías de poder, estas instituciones procuraron administrar un frágil equilibrio bipolar entre ambas potencias que, en última instancia, terminó por consagrar la hegemonía del modelo liberal-democrático sobre otras alternativas de desarrollo.

La arquitectura de las relaciones internacionales de la posguerra permanece incompleta si no se examina el papel del Estado de Israel, del sionismo y de su función estratégica en el bloque occidental. El movimiento sionista se gestó en el seno de las dinámicas económicas y políticas del capitalismo europeo, articulando algunas de sus corrientes de manera estructural con el capital financiero. Así, su emergencia resulta concomitante con la fase imperialista, circunstancia que constituye un dato analítico insoslayable.

Las persecuciones históricas contra las comunidades judías deben contextualizarse en la inserción socioeconómica de ciertos sectores de su población en actividades mercantil-financieras, tales como el comercio de bienes de alto valor, el crédito y el agiotaje, roles a los que con frecuencia fueron confinados por las restricciones legales medievales. Si bien compartieron la condición de persecución con otros pueblos y minorías sin Estado —como gitanos, armenios o vascos—, la singularidad histórica de determinados segmentos de la población judía radicó en su capacidad de articulación con la acumulación y el capital financiero.

El movimiento sionista se gestó en el seno de las comunidades askenazíes de Europa central y oriental, sectores que sufrieron de manera devastadora el exterminio nazi. En ese contexto cobró fuerza el proyecto de erigir un Estado nacional, articulado políticamente por Theodor Herzl a partir del ideario que Moses Hess plasmara en 1862 en Roma y Jerusalén. La concreción de este proyecto resultó inseparable de la desintegración del Imperio otomano, el establecimiento del Mandato británico y los imperativos geopolíticos de Occidente por asegurar las rutas del Canal de Suez y la custodia de las reservas hidrocarburíferas en el espacio conceptualizado por Alfred Mahan como Medio Oriente. Así, en 1948, el surgimiento del Estado de Israel mediante la resolución de las Naciones Unidas consolidó un enclave estratégico clave para el capital financiero internacional en la región.

A lo largo de la década de los sesenta, Washington configuró una alianza estratégica con Tel Aviv con el propósito de contener la proyección de la Unión Soviética y la efervescencia de los movimientos anticoloniales y panarabistas en la región. Dicho eje geopolítico alcanzó su plena articulación tras la Guerra del Yom Kipur en 1973, cimentándose a través de la integración entre las élites políticas de ambas naciones y la imbricación de sus circuitos financieros. En última instancia, la dinamización del teatro de operaciones en Oriente Medio ha servido de justificación estructural para la canalización continua de capitales hacia el complejo militar-industrial estadounidense.

Así se articuló el consenso geopolítico de la posguerra, el cual comenzó a resquebrajarse en el transcurso de la década de 1970. La suspensión unilateral de la convertibilidad del dólar en oro en 1971 —que desmanteló el patrón Bretton Woods—, la Guerra del Yom Kipur en 1973 y el desenlace de la Guerra de Vietnam en 1975 constituyeron los hitos de la reestructuración del modelo de acumulación capitalista. Dicha transición se caracterizó por la metamorfosis de un capital financiero fuertemente regulado por la intervención estatal e inducido a la negociación colectiva, hacia la hegemonía de una financiarización desregulada que subordina a la sociedad global, con efectos desestructurantes para la estabilidad planetaria y, de manera prioritaria, para las propias bases materiales de Occidente.

Tales acontecimientos evidencian la imbricación estructural entre la base productiva occidental y el complejo militar-industrial, revalidando la tesis leninista sobre el imperialismo; en particular, la subsunción del monopolio a mecanismos de coerción económica, financiera, política e ideológica sobre las periferias, acompañados por el recurso recurrente a la contienda bélica como dispositivo de despojo. Se trata de una dinámica de acumulación que quebró la subordinación del capital financiero a la producción manufacturera —matriz originaria de la creación de valor—, erigiendo la autonomía relativa de la especulación bancaria. Esta acelerada espiral de financiarización desarticuló la base material del capitalismo occidental, despojándolo progresivamente de su entramado industrial.

La discrecionalidad de Washington sobre los flujos comerciales y la circulación de capitales, aunada a la continua inyección de liquidez en el complejo militar-industrial para financiar las operaciones contrainsurgentes de la OTAN y de las fuerzas estadounidenses, desató un proceso inflacionario en el seno de la economía norteamericana. Este fenómeno fue exportado al resto del sistema mundial y afectó severamente a Europa occidental, puesto que los Estados europeos custodiaban sus reservas de oro en la Reserva Federal. El desmedido gasto militar, contrapuesto al declive de la producción manufacturera y de la creación de valor real, fue compensado mediante la progresiva liquidación del oro respaldatorio para cubrir los crecientes hoyos fiscales de Washington, dinámica que generó una abierta inquietud en los gobiernos europeos.

De Gaulle, en 1965, retiró 150 millones de dólares de las reservas francesas y comenzó una campaña pública contra la arquitectura financiera surgida de Bretton Woods. Al final de 1966, Francia había retirado 324 millones de dólares en oro. Por su parte, el Reino Unido, en un proceso distinto pero destinado a defender el valor de la libra, debió disponer de sus reservas, mientras que Alemania había dejado de enviar oro a Washington, acumulando grandes cantidades en su propio territorio. Todo esto se desarrolló en una espiral indetenible hasta obligar a Nixon a decretar la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro y, con ello, desestructurar el equilibrio surgido en la posguerra. Como elemento paradójico, debe señalarse que, en 1968, al autor de los retiros franceses le estalló una revuelta de sectores estudiantiles vinculados a la izquierda, el llamado Mayo Francés, que acabaría con la estructura política gaullista; esa misma izquierda que, tiempo después, sería permeada por el globalismo.

No obstante, el factor desencadenante de esta inflexión estructural residió en la Guerra del Yom Kipur y sus réplicas geopolíticas. El respaldo incondicional de los Estados occidentales a Israel desencadenó el embargo petrolero por parte de la OPEP. Al interrumpirse el suministro de crudo hacia las insaciables economías desarrolladas, se desató un espiral inflacionario alimentado por la parálisis de los aparatos productivos, conviviendo simultáneamente con una recesión profunda. La teoría económica acuñó el término estagflación para definir esta paradoja; sin embargo, mientras el ámbito académico debatía el fenómeno, la drástica subida del precio del barril permitió a las transnacionales energéticas con presencia en Medio Oriente capturar sobreganancias extraordinarias, las cuales fueron transferidas e ingresadas masivamente al sistema bancario occidental.

El neoliberalismo como mito

Se consumó de este modo la invalidez del esquema de regulación capitalista erigido en la posguerra. Frente a la necesidad imperiosa del capital por restaurar sus tasas de ganancia, se emprendió una reestructuración radical de la tríada Estado-capital-trabajo. El neoliberalismo emergió como el artefacto ideológico y de propaganda para legitimar esta inflexión, valiéndose de la distorsión metódica de los indicadores económicos globales y articulando el mito de una modernización expansiva para la sociedad. La ola de privatizaciones, la apertura comercial irrestricta, la financiarización desregulada, la exención fiscal al gran capital y el desmantelamiento de la fuerza sindical constituyeron los ejes para emancipar al capital de los controles de la posguerra. Dicho ensayo dogmático tuvo su bautismo de fuego, trágicamente, en el laboratorio represivo y genocida instaurado por la dictadura de Pinochet en Chile a partir de 1973.

El aparato ideológico y propagandístico del neoliberalismo buscó legitimar el despojo mediante el cual el capital financiero privatizó la propiedad colectiva administrada por el Estado sobre sectores clave de la economía global. Dicha estrategia operó mediante la desvalorización inducida de activos públicos y su enajenación a precio de remate al capital privado para su posterior reventa especulativa, desarticulando encadenamientos productivos que garantizaban la soberanía económica nacional y la generación de empleo genuino. Este proceso fue presentado bajo el dogma de que el gasto público, los derechos sociales y la regulación estatal constituían las causas estructurales del déficit y la ineficiencia. De este modo, la responsabilidad de la crisis se transfirió hacia el Estado y la clase trabajadora, invisibilizando el verdadero factor determinante del desequilibrio fiscal: el hipertrofiado gasto bélico de la máquina de guerra de Occidente, liderada por el complejo militar de Estados Unidos, la OTAN y las potencias coloniales europeas.

Los excedentes financieros derivados de la crisis petrolera se canalizaron hacia la apropiación privada de activos públicos. No obstante, la privatización constituyó tan solo una dimensión de un proceso más amplio: la reestructuración del patrón de acumulación global y la profundización de la división internacional del trabajo. Bajo este esquema, a la tradicional extracción de materias primas en el Sur Global se sumó un nuevo vector de expolio: la conversión de las periferias en exportadoras netas de capital. La narrativa sobre el déficit fiscal en las naciones dependientes fue despojada de sus causas estructurales —el intercambio desigual, la dependencia tecnológica y la subordinación colonial— para ser presentada como el resultado de deficiencias endógenas, «ineficiencias culturales» o falta de voluntad política, invisibilizando siglos de dominación y robo. Así, las prioridades de desarrollo pasaron a ser formulados por los manuales del FMI, el Banco Mundial y el Sistema de Naciones Unidas, donde a cada «necesidad» diagnosticada sobrevino una arquitectura crediticia orientada no al desarrollo territorial ni al bienestar social, sino a la reproducción perpetua de la espiral de la deuda.

Tras el golpe de Estado de 1973, Chile fue transformado por la dictadura de Pinochet —con el firme patrocinio del bloque prooccidental— en el laboratorio pionero de la reestructuración neoliberal a escala global. El caso chileno evidenció tempranamente la naturaleza real del modelo: la apertura irrestricta de los mercados y la desregulación económica no eran incompatibles con el terrorismo de Estado, sino que requerían de la represión sistemática y del desmantelamiento de la institucionalidad democrática para ser impuestas.

Posteriormente, las administraciones de Ronald Reagan y Margaret Thatcher institucionalizaron esta reestructuración en el corazón del capitalismo anglosajón. La globalización fue erigida como un paradigma donde las fronteras soberanas resultaban anacrónicas para la circulación del capital, mientras que el globalismo operó como la matriz ideológica del liberalismo contemporáneo. Esta doctrina promovió una noción de igualdad disociada de la abolición de la explotación y una celebración de las diversidades desprovista de simetría geopolítica real. En última instancia, el globalismo cooptó y neutralizó las demandas emancipatorias de los pueblos, subsumiéndolas en agendas globales orientadas a preservar la hegemonía del capital financiero.

China trazó su propia vía de bienestar

En este mismo período, China inició un proceso de transformación decisivo. En 1978, las reformas impulsadas bajo la dirección de Deng Xiaoping combinaron la planificación estatal con la apertura a la inversión extranjera, el desarrollo industrial, la modernización agrícola, la creación de zonas económicas especiales y la expansión de las capacidades científicas y tecnológicas. China trazó su propia vía hacia el socialismo orientada a erradicar la pobreza de su población, salvaguardando la soberanía nacional y garantizando la elevación continua de las condiciones de vida mediante el acceso universal a la salud, la educación y la vivienda. El Estado socialista conservó una posición decisiva en la planificación estratégica de la economía, en la orientación de los sectores productivos clave y en la dirección general de la sociedad. Durante las décadas siguientes, el país se transformó en el mayor taller manufacturero del mundo, atrayendo a las empresas transnacionales que trasladaron segmentos esenciales de sus procesos productivos hacia el territorio chino para reducir costos y elevar su rentabilidad. Esta profunda reestructuración de la división internacional del trabajo convirtió progresivamente a China en un centro de vanguardia en ciencia y tecnología, proceso que coincidió con la paulatina desindustrialización de amplias regiones de Estados Unidos y Europa.

En Occidente, numerosas regiones industriales perdieron empleos y capacidades productivas. La clase trabajadora experimentó desempleo, precarización y un progresivo deterioro de sus condiciones de vida, puesto que, mientras el capital podía desplazarse internacionalmente en busca de mayores márgenes de ganancia, los trabajadores permanecían vinculados territorialmente a sus comunidades. La globalización neoliberal permitió elevar la rentabilidad de diversos sectores del capital transnacional, pero erosionó estructuralmente la base industrial y el tejido social de las naciones occidentales.

Esta contradicción entre un Occidente desindustrializado —con una economía financiarizada, centrada en la especulación y no en el trabajo ni en la creación de valor— comenzó a adquirir una dimensión política de colapso, expresada en un profundo malestar entre los sectores de trabajadores y clases medias afectados por el desempleo y la pérdida de las condiciones materiales de la posguerra. Este descontento pudo haber encauzado un cuestionamiento a las estructuras de concentración del capital y generado nuevas formas de conciencia de clase, siempre que los procesos de lucha se desarrollaran desvinculados de las doctrinas generadas por el propio capital financiero. Sin embargo, en paralelo al declive económico, se produjo un repliegue ideológico en el que los movimientos populares, los sindicatos, las organizaciones no gubernamentales y los partidos de izquierda —tanto socialdemócratas como comunistas— terminaron asumiendo la agenda globalista financiada por los principales centros del capital transnacional. Este declive se convirtió, en última instancia, en una abierta claudicación.

La reemergencia del fascismo: comunicación digital y transmutación del malestar

De manera similar a lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial y el período interbélico, la ausencia actual de alternativas emancipatorias en EE. UU. y Europa ha desembocado en el encauzamiento del malestar por parte de movimientos reaccionarios, de extrema derecha y conservadores, reconfigurando expresiones de neofascismo y neonazismo. Estas corrientes instrumentalizan las redes sociales, la comunicación digital, el nacionalismo, el anticomunismo, el autoritarismo y el supremacismo mediante la construcción permanente de enemigos internos y externos. Aunque su base social incluye sectores de la clase trabajadora fuertemente golpeados por la crisis, esto no implica que representen sus intereses de clase. Una de las operaciones fundamentales del fascismo consiste, precisamente, en convertir el descontento de los explotados en una fuerza política favorable a las élites que concentran el poder económico: en lugar de explicar el desempleo, la pobreza y la pérdida de derechos a partir de la acumulación de capital y las políticas neoliberales, se responsabiliza al migrante, al extranjero, a China o a las instituciones internacionales. De este modo, la lucha de clases es desplazada e ideológicamente transmutada en una disputa nacional.

Esta contradicción se condensa en la consigna de recuperar una grandeza perdida. Por un lado, se promete la reindustrialización y la restitución del empleo; por el otro, se dejan intactas las relaciones económicas que originaron el declive industrial. En última instancia, se apelará al nacionalismo para interpelar a una clase trabajadora debilitada, perpetuando la concentración del capital.

Además, el momento actual debe comprenderse como una crisis de la hegemonía estadounidense. Estados Unidos continúa siendo una potencia económica, financiera y militar de enorme importancia, pero ya no posee la posición relativa que tenía tras la Segunda Guerra Mundial. China se ha convertido en una potencia productiva, científica, tecnológica y comercial de dimensiones extraordinarias, mientras que Rusia mantiene una capacidad militar estratégica que impide su subordinación. Otros Estados de Asia y del Sur Global buscan ampliar sus márgenes de autonomía. El mundo se encuentra, por tanto, en un proceso de transición hacia una estructura crecientemente multipolar.

Desde la perspectiva de la hegemonía estadounidense, esta transformación representa un desafío estratégico. Frente a ella, la élite gobernante busca recuperar el liderazgo norteamericano no mediante la identificación de los errores que los llevaron a perderlo, sino acelerando las dinámicas imperiales de violencia y guerra. Su objetivo es recomponer, por la vía de la fuerza y el chantaje, el espacio político que le asegure el acceso a recursos clave para su industria. Por una parte, busca recentrar lo que concibe como su espacio vital: en primer lugar, el territorio que abarca desde el polo norte hasta el ecuador en el hemisferio occidental y, en segundo lugar, la totalidad del hemisferio. Por otra parte, persigue reconstituir las cadenas globales de suministro de insumos esenciales para sus estructuras productiva y militar. En este contexto, cobran especial relevancia el petróleo y las tierras raras o minerales críticos —cuyos complejos procesos de refinamiento son indispensables para tecnologías de punta, inteligencia artificial y superimanes que impulsan los sistemas de propulsión en armamento de última generación, como misiles y drones—.

En ese sentido, China representa el enemigo estratégico y, junto con ella, todos los actores alineados con sus intereses, como Rusia e Irán —ambos proveedores clave de petróleo para el gigante asiático—. La disputa con China constituye una confrontación integral por las cadenas globales de suministro, la producción industrial, los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los minerales estratégicos, las fuentes de energía y la capacidad militar. Las llamadas tierras raras cobran una importancia crítica al ser indispensables para múltiples tecnologías contemporáneas, pues el control de su extracción, procesamiento y transformación industrial otorga ventajas decisivas. Lo que ejecuta actualmente la élite gobernante de EE.UU. es la reconfiguración coercitiva de las cadenas de suministro que el neoliberalismo y el globalismo erosionaron. Busca, por un lado, reconstruir sus propias líneas de abastecimiento y, por el otro, obstaculizar, sabotear e impedir las chinas.

China es rica en múltiples materias primas, pero padece una deficiencia estructural respecto al petróleo. El supremacismo nacionalista, neoconservador y contrario al globalismo de las élites norteamericanas rescata un principio erosionado por el propio orden neoliberal: la nula tolerancia hacia cualquier competidor estratégico. Desde su perspectiva, el globalismo falló al permitir el ascenso chino y al desgastarse en contener a Rusia mediante la contienda en Ucrania. Para esta visión, el multipolarismo es un síntoma de debilidad inaceptable. Por lo tanto, la prioridad actual es repatriar el capital industrial, reindustrializar la economía estadounidense y devolver el empleo a su población. Es bajo esta lógica que se busca golpear a Irán —para cortar el suministro petrolero de China— y se intenta mediar en Ucrania, con el fin de distanciar a Rusia de Beijing e integrar a Moscú a viejas dinámicas de entendimiento. En este cometido, la Unión Europea y la OTAN son percibidas como un obstáculo globalista, lo que explica la hostilidad de la élite estadounidense hacia Bruselas y hacia su obstinada maquinaria de guerra contra Rusia.

Hasta ahora, el proceso de reubicación norteamericano ha sido profundamente contradictorio y tenso. Las élites que actualmente gobiernan y han enarbolado un programa de recuperación del supremacismo norteamericano se enfrentan a los sectores tradicionales del capital financiero, habiendo logrado que grupos con una posición capitalista marginal pasen a controlar el poder político. Esto genera una enorme fricción, puesto que la «aristocracia» financiera no cederá su hegemonía tan fácilmente —a pesar de su responsabilidad en el declive— y se debate entre la defensa de sus privilegios, el control del aparato estatal y su participación en las ganancias generadas por esta reubicación. Ante este escenario, caben diversos interrogantes: ¿Podrán los neoconservadores retener el control del Estado? ¿Tendrán que compartir las enormes ganancias de sus acciones? ¿Lograrán sostener la incipiente repatriación de capitales y manufacturas, o las dinámicas de mercado los forzarán a migrar nuevamente en busca de mejores condiciones de acumulación? ¿Será sostenible este supremacismo sin el respaldo estructural de Europa y la OTAN? ¿Cederá Rusia a los ofrecimientos de Washington? ¿Se impondrá el lobby sionista ruso en la relación con EE. UU.? ¿Se consolidará la resistencia iraní frente a Israel, imponiendo a Estados Unidos la soberanía de sus decisiones energéticas?

 

Todas estas preguntas se inscriben en un complejo mapa de contradicciones y tendencias en pleno desarrollo, donde los pueblos tienen la última palabra. Se expresan tanto en el pueblo norteamericano —con las corrientes de socialismo democrático radical que emergen en su seno— como en los pueblos del mundo que históricamente han defendido su derecho a vivir en paz. Particularmente, el pueblo nuestramericano no tardará en levantar una nueva ola bolivariana que retome las banderas sembradas por Chávez en 2005 tras la derrota del ALCA en Mar del Plata. Los pueblos siempre han respondido y han obligado al imperialismo a retroceder. En esta oportunidad también será así .

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