El fin del espejismo imperialista

 

 

Por: Rodulfo H. Pérez H.

 

Hace ciento nueve años de la Revolución Bolchevique y de la publicación de El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Vladimir I. Lenin. Desde entonces, el siglo XX y lo transcurrido del siglo XXI han constituido el escenario histórico del desarrollo de ese fenómeno. Se trata de un capitalismo monopolista y oligopólico que ha ejercido el chantaje en los ámbitos económico y financiero, la agresión en el plano militar y la manipulación en el terreno cultural e ideológico, con el propósito de garantizar la acumulación de capital y la maximización de la ganancia sobre la base de la explotación del trabajo y de la subordinación de los pueblos y los países débiles.

Ha sido un largo período de lucha y confrontación entre las fuerzas del capital y las diversas formas de resistencia de los pueblos donde las modalidades de explotación se han transformado y ampliado, al tiempo que han continuado los procesos de lucha, organización y emancipación. El desarrollo capitalismo en general y del imperialismo en particular ha sido, por tanto, profundamente contradictorio: junto con la expansión de los mecanismos de dominación, también se han multiplicado las formas de resistencia social, política y cultural.

Este tiempo contemporáneo nos hizo testigos del progresivo agotamiento de la lógica liberal fundamentada en la libre competencia. El surgimiento del capitalismo monopolista, caracterizado por la concentración de la producción, la formación de monopolios industriales, la exportación de capitales y la conquista colonial genero las condiciones esenciales de ese agotamiento. La financiarización de la economía, el poder de las corporaciones transnacionales, el endeudamiento como mecanismo de subordinación, el control tecnológico, la apropiación de la propiedad intelectual y la creciente influencia de los organismos multilaterales se convirtieron en instrumentos fundamentales de la reproducción del capital y en el centro del espiral de lucha contemporánea. Esta se presentó primero como tragedia y ahora como comedia. El discurso de la explotación y de occidente ya no puede justificarse. 

Los continuadores de los estudios del capitalismo de nuestro tiempo —entre ellos David Harvey, Giovanni Arrighi, Samir Amin e Immanuel Wallerstein— han mostrado  las contradicciones internas del capitalismo como el desarrollo histórico del mismo. Nosotros analizamos la etapa neoliberal y encontramos que la autonomía relativa del capital financiero respecto del capital industrial por mediación del proceso de desindustrialización de occidente como consecuencia del traslado de crecientes capacidades manufactureras e industriales hacia economías como China, India, Vietnam, Indonesia y otros países es la base de la imposibilidad de justificación ideológica de la explotación en condiciones neoliberales.

El neoliberalismo difundió la propaganda según la cual la solución a los problemas que el propio capital financiero inventó (dentro de ellos el llamado déficit fiscal) estaban en el impulso de políticas de privatización, y que la financiarización y la especulación serían un mecanismo de generación de riqueza para toda la sociedad. La aplicación de políticas fundamentadas en esta ideología económica implicó una ampliación y expansión del capital financiero pero terminó generando un efecto contradictorio, un gran beneficio para los bancos y las transnacionales pero una terrible consecuencia para la humanidad toda, para las sociedades occidentales y particularmente para los pueblos del mundo. El aumento de la concentración de la riqueza, la ampliación de la pobreza y la exclusión como formas de manifestación de la explotación no solo afecta hoy a los pueblos del sur global, por el contrario profundiza las contradicciones en la sociedad, las de la sociedad occidental particularmente y específicamente la de las sociedades del sur. Una consecuencia insospechada de todo este proceso generado por el neoliberalismo ha sido la erosión progresiva de la credibilidad del discurso ideológico con el que occidente ha legitimado históricamente su hegemonía. Así germinó el actual declive de occidente y el resurgimiento del fascismo y el nazismo que lo caracteriza. 

Los principios del derecho internacional, el sistema de las Naciones Unidas y el conjunto de instituciones creadas para sustentar el orden internacional liberal fueron perdiendo legitimidad en la medida en que el propio occidente los vulneró una y otra vez, de manera sistemática cada vez que sus intereses estratégicos terminaron por contradecir su propio discurso. Las intervenciones militares unilaterales, las sanciones económicas, la utilización selectiva de los derechos humanos y el desconocimiento de la soberanía de numerosos Estados, puso al descubierto la contradicción entre el discurso y la práctica del poder imperial. Vietnam, Ucrania y Gaza han sido la fragua de ese proceso.

El imperialismo ya no puede ocultar las relaciones de dominación que sostienen su poder. El velo ideológico que durante décadas legitimó el saqueo, la intervención y la subordinación de los pueblos se encuentra rasgado. La explotación se manifiesta con menor mediación discursiva y con mayor critica desde eso que una vez se llamó opinión pública. En este sentido, la crisis contemporánea de occidente es también de legitimidad ideológica. 

Nuestra América constituye un espacio trágico de vivencia de esta contradicción entre discurso y práctica. Desde las primeras décadas del siglo XIX, la joven república norteamericana desarrolló una política continental donde coexistieron dos tendencias contradictorias y antagónicas en sí mismas: por un lado, la afirmación de principios republicanos vinculados a la libertad, la soberanía popular y la autodeterminación de los pueblos; por otro, la construcción progresiva de una estructura de intereses a favor de los propietarios del capital vinculados a la explotación del territorio norteamericano, a su propio pueblo y al sur del continente. El desarrollo histórico de esta contradicción determinó que la tendencia vinculada con los principios liberales fue derrotada y se impuso sobre ella la tendencia vinculada a los intereses del capital; primero del industrial y luego del financiero, que hoy terminan expresándose paradójicamente por el nazi-fascismo.

La Doctrina Monroe de 1823 se difundió como el principio de protección del hemisferio frente al colonialismo europeo, pero la contradicción entre el discurso liberal y los capitales que apuntaban hacia el monopolio, develó una trágica realidad tanto para los pueblos del sur como para el propio pueblo norteamericano, en la progresiva transformación de aquella ideológica intención de protección a una  descarada tutela política de sumisión que aseguró la explotación sobre los pueblos nuestra americanos. Hoy los explotadores no pueden utilizar ningún sistema de ideas que justifique tal cosa. Hoy simplemente lo hacen y solo la conciencia popular se les resiste. La desindustrialización, la relativa autonomía del capital industrial del financiero, la huida de la manufactura y la industria desde occidente hacia nichos de mejores condiciones de productividad, la financierización de sus economías y la especulación, los ha metido en tal nivel de antagonismos que no pueden justificar el saqueo y la explotación de la que son portadores. 

La historia demuestra que la explotación y el saqueo, la violencia, la agresión, la manipulación y la tergiversación de la verdad se han encontrado permanentemente con la denuncia, la oposición, la organización popular y la lucha de los pueblos. En distintos momentos históricos esas resistencias han alcanzado victorias capaces de modificar el curso de los acontecimientos; en otros, las fuerzas de la dominación han conseguido restablecer su hegemonía, inaugurando largos períodos de reflujo, retirada y reorganización de las fuerzas emancipadoras. Esa dinámica contradictoria forma parte del propio movimiento histórico de la lucha de clases. Nuestra América conoce ese camino, y nosotros particularmente lo conocemos.

La apariencia inmediata podría sugerir que al igual que sucedió en 1991 con la disolución del campo socialista, las fuerzas de la dominación han triunfado definitivamente. Sin embargo, la historia enseña que la explotación nunca logra eliminar las contradicciones que ellas misma produce. La aparente fortaleza del orden imperial encubre procesos de desgaste, resistencia y transformación que continúan desarrollándose en múltiples escenarios del mundo contemporáneo.

Cuando el explotador no puede justificarse eso constituye una demostración de debilidad estructural antes que una manifestación fortaleza que devela el nivel de antagonismo que encierra la realidad. Ciertamente esto es una noticia terrible para los pueblos porque es el presagio de grandes tragedias y de violencia. Pero también es el presagio de la posibilidad de la victoria sobre grandes sacrificios. Eso ya lo conoció la humanidad entre el surgimiento del fascismo, del nazismo y la victoria del franquismo. En ese momento surgieron diferentes ideas que intentaban ocultar la tragedia y la explotación en términos de violencia aguda. Hoy eso mismo se nos presenta sin velo, sin ninguna mediación ideológica, no hay ni un esfuerzo por ocultar lo que hacen, como sustituto de una hegemonía ideológica cada vez más debilitada, tanto que ni siquiera existe como gesto.

Por ello, la crisis actual de occidente y de su capitalismo no anuncia el fin de la lucha o la victoria definitiva de las lógicas más vergonzosas vinculadas a la explotación, sino la apertura de un nuevo ciclo de confrontaciones y redefiniciones históricas. La resistencia de los pueblos, la persistencia de las luchas por la soberanía, la justicia social y la emancipación, así como la emergencia de nuevas correlaciones de fuerzas en un mundo crecientemente de nuevas configuraciones geopolíticas, indican que las posibilidades de transformación permanecen abiertas. La perseverancia constituye una condición indispensable de toda emancipación histórica. Entre los escombros del espejismo ideológico renacen siempre nuevas posibilidades de victoria. La historia permanece abierta y, con ella, la posibilidad de construir una sociedad de solidaridad y cooperación, de autodeterminación de los pueblos y de dignidad humana. Eso sigue acechando esperanzadoramente.

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